jueves 27 de junio de 2019 - Edición Nº464
Editor Platense » La Plata » 8 jun 2019

HISTORIA DE GENTE COMÚN

Ramón Retamoso, el mozo histórico de "La Aguada" que tiene la receta justa para las papas soufflé


Por:
Textos y fotos de Guillermina Inchaurregui

¿Quién no ha ido a “La Aguada” de 50 entre 7 y 8 abierta en 1938 y cerrada definitivamente en 2016? O mejor dicho, quien no fue a ese restaurante y siguió yendo, porque una vez que entrabas no quedaba otra que volver. No sólo para degustar sus platos, y en especial sus papas soufflé y esas milanesas únicas, sequitas. También íbamos en busca de “ese mozo”, que más que la persona que te traía tu plato favorito era un amigo cordial, con el que compartías un rato de tu vida, anécdotas, esperabas sus “chanzas” o chistes cuando no llegaba el pedido y nunca reparaste que era porque estaba demorado, no te diste cuenta porque él supo cómo manejar la situación.

Es aquel que recibía a tus hijos que iban directo a buscarlo y abrazarlo. Y son tus mismos hijos los que volvieron con sus novias, con sus propias familias a seguir ese rito emocionante y lleno de afecto.

Encontrarse con el histórico mozo de  "La Aguada", Ramón Retamoso, es revivir una época, llenarse de nostalgia y recuerdos. Nos cuenta sobre el cierre de 2016: “Muchísima gente lloraba a espaldas nuestras, a la par nuestra, ayudándonos, dándonos cosas, regalándonos afecto, pero ya no podíamos hacer nada porque estaba el juicio en puerta. No fue mala voluntad nuestra, fue mala voluntad de ellos, los dueños, que no quisieron continuar”.

Hoy el inmueble donde funcionaba La Aguada, curiosamente sigue igual, algo más venido abajo, sin mantenimiento; no se ha hecho nada en ese lugar al contrario de lo que se suponía para un local bien céntrico y ubicado en una cuadra considerada clave.

Ramón Retamoso, correntino de ley,  hoy tiene 59 años. Entró en el restaurante en el  año 1981, un pibe. No ha perdido esa tonada y dicción característica de su tierra. Con su voz ronca comienza a relatarnos su paso por La Aguada: 

“Cuando entré  trabajé de lavacopas durante seis meses, luego me pasaron a la fiambrería y verdulería, en donde estuve aproximadamente un año. Luego fui  ayudante de cocina, limpiaba los pisos también cuando faltaban pibes y en la bacha lavaba vasos. Todos los días. Para la época de las vacaciones de los otros chicos estaba en la cocina, fuí papero, yo hacía las papas soufflé que a todo el mundo les gustaba", dice con orgullo. 

"Fue en los años 1986-87 cuando los dueños comenzaron a recortar personal y me mandaron definitivamente al salón, como mozo. Tuve mucha práctica, La Aguada explotaba de gente y había que atender diez mesas, no era algo tan sencillo al menos para mí, pero ahí quedé, lo logré y los clientes me fueron conociendo, siempre me gustó el trato bien amable, a la larga eso te lo agradecen".

SEGUNDO PLATO: MUY CRUDO

“A mitad del año 2000 ya empezamos a escuchar el comentario de que iban a cerrar. Había reuniones de los dueños de las que no participábamos. Abrí los ojos, nos íbamos a quedar afuera. Lo hablamos entre nosotros, los mozos, porque no podíamos creer que a fin de ese año 2000 planeaban cerrar".

“Fui a hablar yo al sindicato, con el mismo secretario general y con el abogado para saber con tiempo qué hacer. Ya no nos pagaban. Ya era 31 de diciembre del 2000. En el Sindicato decían que no podía ser...”

“Nos empezamos a reunir con contadores que eran clientes y querían ayudarnos. Presentaban quiebra. Ahí los dueños nos dijeron que sí, que cerraban y que no iba a haber indemnización. Por entonces salió la Ley de Cooperativas y el gobierno supuestamente nos iba a ayudar. Nos hicimos cargo, armamos una Comisión para  elegir a alguno que supiera manejar computadora, que supiera de números, manejo de bancos. Que tuviera estudios. Uno de los compañeros, joven y que había estudiado económicas entendía de esto y le dijimos que era el único que podía hacerse cargo”.

“Hubo gente que tenía treinta, cuarenta años trabajando ahí y quedo colgada con nosotros, sin nada. Si para mí ya era un problema conseguir otro trabajo para los otros más todavía. Quedamos nueve, a pulmón, tirando ese carro, atendiendo el salón y demás. Pero el viernes y sábado venia un muchacho, un mozo extra porque era imposible, los fines de semana iba mucha gente.”

“En la semana nos arreglábamos con tres, corriendo, pero el fin de semana a  mi me dieron el salón del fondo solito con 18 mesas. Lo apechugué, con orgullo lo hice, ahora el restaurante era mío también con forma de cooperativa;  era un lugar donde se comía bien y se trataba bien a los clientes."

EL POSTRE MÁS AMARGO Y TRISTE

“La gente estaba conforme. Cuando abrimos por última vez en 2016 y nos despidieron fue como que te ibas al infierno, porque no sabías qué contestar. Muchísima gente lloraba a espaldas nuestras, a la par nuestra, ayudándonos, dándonos cosas. Ya estaba el juicio en puerta, los dueños no querían seguir alquilándonos el local, bajó algo el trabajo y había que refaccionar el salón, necesitaba de mantenimiento. Se juntó todo...". 

“Pusieron abogado, nos iniciaron juicio y en octubre del 2015 dejamos de pagarle y llego el día del desalojo que era el 31 de diciembre. Se presentó un abogado de fábricas recuperadas que al enterarse de lo que estaba pasando quiso ver si nos podía ayudar. Ellos y un abogado de oficio que no cobro nada. Era cliente de años y hasta el juez que entendía en la causa venía a comer a La Aguada”.

“Una semana antes fuimos cinco representantes, teníamos que ir todos en realidad. Estuvimos a las 8 de la mañana , les explicamos al juez la situación. Venían las fiestas, queríamos vender al menos el fondo de comercio que era nuestro".

“Justo empezaba la feria judicial, el juez dijo: yo también soy un obrero, no me gusta dejar sin trabajo a nadie”, nos extendió el plazo hasta el 15 de marzo.

“Lo que sacan en esos tres meses es para ustedes. Ni alquiler ni nada. El desalojo ya está y es marcada la diferencia entre los socios que eran los hijos de los dueños. En un año se derrumbó todo”.

"NO PASO NUNCA POR LA PUERTA"

 “Hasta hoy me apena, por eso no paso por ahí porque es mi segunda casa. Lo veo como está destruido y tirado y me da más pena todavía. Si hubieran puesto un kiosco con el  mismo nombre camina igual. Un localcito, algo. Por lo menos tener la insignia de La Aguada abierta.” Era un lugar emblemático, de encuentro diario o de fin de semana.

"Hubo chicos que se criaron con nosotros, crecieron ahí. Le dábamos las mañas nosotros, le buscábamos y ubicábamos la sillita, las papitas fritas. Entonces cuando te veían, cada cual tenía su clientito. Los que me buscaban a mí se mandaban para el fondo". 

“Toda una generación nos conoce, uno anda por el centro y todos saben mi nombre”. Y sigue con su relato: “Me crié en el centro. Alquile dos años ahí pegado al local, en donde hoy están los chinos, eso era toda pensión”. 

“¿Quién no me conoce? Todos saben mi nombre. Gente de los negocios, quería comprar algo y me decían: llevate. Al mediodía y a la noche estaba por acá. Repartí comida dentro del Poder Judicial. ¡Hasta hoy llevo el orgullo!. Hoy no trabajo más ahí, pero fue mi vida”. Su voz se quiebra, la garganta aprieta. Cuesta seguir.

HOY EN DIA

Actualmente Ramón se desempeña en el Centro Vasco, otro restaruante de año en 58 entre 11 y 12. Caí por un compañero mío. Lo llamé y me dijo que estaban necesitando gente. Me tomaron primero en la cocina. Estuve ocho meses y luego me ofrecieron cubrir el salón. El día anterior al franco el dueño me pide que a partir de la semana siguiente pase directamente al salón. Ya hace casi dos años que estoy ahí”.

"De la Aguada tengo infinidad de anécdotas. El único correntino que había era yo y todo el mundo se divertía conmigo porque salía con cada palabras del campo que acá nadie conoce, el chiste que me salía de adentro. Y en el vestuario infinidad de cosas”. Y ríe recordando vaya a saber una que picardía.

“Para mí es una historia, es un laburo  que ni lo  tenía soñado, nunca lo hice. Vine del campo y aprendí  esto y es lo que tengo. Seis equipos de mozo, seis de ayudante, mi gente que me conoce y hasta que donde me dé el cuerpo voy a seguir”. 

Permítame señor lector decir  algo personal. Fue un honor volver a estar y charlar con vos, querido Ramón.

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