lunes 24 de junio de 2019 - Edición Nº461
Editor Platense » Nacionales » 6 mar 2019

Recorre con el "Drone Terrestre" las ruinas de la Villa Epecuén


Por:
Fotos: Liliana Solis. Video y texto: Mauricio Bustos

La Villa Epecuén fue un pequeño pueblo que en su momento resultó uno de los principales centro de salud turístico de nuestro país, pero que por obra y gracia de la naturaleza pasó a ser un canto a la desolación, la pérdida de los sueños y el final de los proyectos individuales y colectivos. Hoy es un paraje turístico por su condición de “ruina”, que emerge o desaparece en parte según el comportamiento de la laguna que le da nombre.


Perteneciente al departamento de Adolfo Alsina, Buenos Aires, Caruhé es testigo de lo que alguna vez fue Villa Epecuén: uno de los sitios elegidos por las familias patricias para vacacionar entre los años 20 y 70. Y sus habitantes, muchos de los cuales residían en la Villa, aún hoy se preguntan porqué este tranquilo paraje no logra recoger los beneficios turísticos de sus ex vecinos.
Inaugurado allá por 1821 por Arturo Vatteone, Lago Epecuén (tal el nombre que se le dio), se transformó en el balneario más exclusivo del país. Era el destino de moda de esa época y el lugar escogido por la aristocracia bonaerense como destino no solo para el ocio, sino también para curar enfermedades reumáticas y de la piel
Sus aguas altamente mineralizadas eran famosas por su similitud con las propiedades del Mar Muerto. Por esta razón, el agua atermal (porque aun hoy insisten con darle la “temperatura” que nunca tuvo, tiene una función curativa y la OMS (Organización Mundial de la Salud) la incluyó dentro de la medicina tradicional.


"Desde la etapa indígena ya era utilizada en forma terapéutica y esto hizo que alguien decidiera fundar un pueblo y que esos turistas que venían a buscar salud, tuvieran comodidades y servicios. A partir de allí todo fue creciendo y en los años 70 había 5 mil plazas hoteleras estables, 250 establecimientos de distinta categoría, 25 mil turistas durante la temporada de verano y una población estable de 1200 personas", destacó el director del Museo Regional de Adolfo Alsina.
Dicen que el exceso de construcciones y la falta de obras -que contrarrestaran los efectos de la mano del hombre- fueron su perdición. El muro de contención que había entre el lago y la villa no fue lo suficientemente fuerte como para contener el agua del lago por muchos años. Es más, hasta hay quienes, los que se dedicaron a estudiar el comportamiento de los pueblos originarios en torno a la laguna, aseguran que lo sucedido era previsible y volverá a pasar en el mediano plazo. Lo cierto es que el 10 de noviembre de 1985 una sudestada comenzó a gestar la catástrofe. La fuerza del agua fue tan potente que el muro que protegía al pueblo cedió y el lago creció de a un centímetro por hora. Luego de dos semanas esa pared que parecía de acero, cedió.


Sus habitantes debieron ser evacuados y abandonar con mucha tristeza sus hogares y comercios. La inundación generó un shock que aún hoy los lugareños están asimilando. La gente de un día para el otro perdió su actividad, su propiedad, su historia, sus raíces, su pasado.
El agua, con el correr de los años fue perdiendo terreno, retrocediendo, y dejando ver la villa en ruinas, aunque cuando sopla fuerte el viento del sudeste el agua vuelve a ganar centímetros los escombros por momentos parecen añorarlas, puesto que el panorama es de una absoluta desolación y tristeza.
Pese a ello, la tristeza se hizo turística y han generado un atractivo único. No existe un pueblo que haya sufrido un cataclismo así y en el que tiempo después se pueda transitar por sus calles.

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