jueves 13 de diciembre de 2018 - Edición Nº268
Editor Platense » Salud y Jubilados » 29 nov 2018

El paciente terminal y la aceptación de la muerte


Por:
Dr. Vicente Tedeschi (*)

Un tema que pocas veces se menciona y que se discute con temor es la muerte. Esta palabra que muchas veces no quisiéramos pronunciar se encuentra definitivamente dentro del lenguaje médico, porque lo aceptemos o no hace parte del ejercicio profesional. Es una lástima que muchas veces ignoremos este proceso natural y que paradójicamente constituye la finalización del ciclo vital de las personas en el mundo.

La medicina aunque tiene como objetivo la preservación de la vida, muchas veces es vencida por la naturaleza que dictamina el final de la existencia, y que desafortunadamente, a pesar de todos los esfuerzos que se realicen en determinado momento es infalible aún con la más desarrollada tecnología y ciencia que hace que la raza humana perdure más años.

En este contexto es importante pensar en el abordaje del paciente terminal que como médicos debemos enfrentar, es por eso que considero que parte de la medicina debería enfocarse en entender este proceso, que aunque contrario a nuestro fin de salvar vidas también hace parte de ellas.

El libro La muerte y los moribundos escrito por Elizabeth Kubler Ross, presenta casos reales de pacientes terminales quienes enfrentan la muerte y desarrolla una perspectiva frente a la misma desde el punto de vista del paciente, su familia y el personal médico que se encarga del manejo profesional de la enfermedad terminal.

El paciente terminal presenta etapas muy características dentro del proceso que conlleva a la aceptación de su condición e inevitable muerte. Se evalúan entonces los cambios del comportamiento que vive el paciente terminal frente a la situación que tiene que vivir hasta que ocurra el desenlace.

La negación de la enfermedad es un componente inicial que presentan los pacientes frente a su condición. Se manifiesta que no existe temor, que la enfermedad no puede ser tan grave y se enmascaran los síntomas o molestias que pueda presentar por miedo a preocupar a su familia. Al igual la familia trata de minimizar la enfermedad por medio de la sobreprotección y la preocupación excesiva por procurar un ambiente menos doloroso para el paciente; situación que desencadena conflicto entre ambas partes, ya que el paciente pretende no estar enfermo y su familia busca la mejor forma de ayudarlo.

Este conflicto dura por mucho tiempo hasta que finalmente, el paciente terminal comienza a manifestar rabia frente a una situación que no puede controlar. En este momento surge la culpa por no poder superar lo que sucede y se crea la sensación que la enfermedad es atribuible a un castigo divino, que justifique en cierta forma la desgracia que se vive. Es cuando se culpa a Dios o a un ser supremo ante la impotencia de no poder vencer la enfermedad. Lo que se podría interpretar como la injusticia de la muerte para los seres humanos que quieren seguir viviendo.

Es aquí donde se presenta una crisis entre la familia y el paciente terminal, al no poder sobrellevar el dolor de una pérdida inminente.

En este momento el médico asume la responsabilidad frente al paciente y su familia por el grado de esperanza depositada en él como alternativa para la curación de la enfermedad.

Por lo tanto el médico debe sensibilizarse ante la crisis que se vive y brindar apoyo de tal manera que pueda convertirse en un puente de comunicación entre el paciente y la familia para que todos logren llegar a la aceptación de la muerte.

Es necesario entender el duelo que debe hacer el paciente frente a la vida que va ha perder, frente a las metas y frente a las personas que ama. No es fácil dejar de existir cuando aún hay tantas cosas por hacer, y cuando se piensa que se abandonan todas aquellas cosas por las que se ha trabajado durante la vida.

Finalmente, la empatía que pueda desarrollar el médico que enfrenta un paciente terminal marca la diferencia en el manejo integral, no de un paciente sino de un ser humano con las características psico-sociales que condicionan la vida de una persona.

En conclusión el médico debería estar en capacidad de proporcionar consuelo al paciente y a la familia, cuando los recursos técnicos y científicos de la medicina no son suficientes para conservar la vida. El paciente merece morir junto a sus seres queridos o a su núcleo familiar.

Se debe acompañar al paciente a una muerte digna y con el menor sufrimiento posible, sin estudios innecesarios, tratamientos cruentos y con resultados inciertos o ensañamiento terapeutico.

(*) Médico gerontólogo

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