viernes 05 de junio de 2020 - Edición Nº808
Editor Platense » Salud y Jubilados » 22 may 2020

OPINIÓN

Sólo se atiende con turno...

La brecha digital y los que quedan afuera de un sistema que cada vez más requiere de Internet y conocer ciertos manejos en la Web a la que no todos pueden acceder


Por:
Julieta Morón (*)

- ¿Tenés turno? 
- No. No sabía.
- Sólo se atiende con turno, mami. Lo tenés que sacar por internet. 
- Y pero, yo no tengo computadora. ¿No hay un teléfono? ¿Lo puedo sacar por teléfono?
- No, mami. Por internet nada más. ¡Los cinco que siguen! A ver, las manitos - rocía con alcohol las diez palmas.
- Y pero, ¿cómo hago?
- No sé - sube los hombros y las cejas. Y se adivina bajo el tapabocas que frunce el mentón. 
- Y pero... ¿qué hacemos los que no tenemos computadora?
- No sé, te dije. Yo no puedo hacer nada. Solamente se atiende con un turno y se saca por internet. No te pueden atender porque sería injusto para los que sí sacaron. Fijate alguien que conozcas que tenga, no sé. ¡Cinco más!

La charla anterior se escuchó en la vereda de la Casa Matriz del Banco Provincia, La Plata. Miércoles 13 de Mayo de 2020. 10.30 am. 

Del virus nos salvamos entre todos. ¿Qué abarca esa totalidad? ¿Quiénes somos todos? ¿Quién queda en la vereda? ¿Quién tiene turno?

El artista mexicano José Guadalupe Posada dijo una vez, y quizás lo repitió algunas otras, que “la muerte es democrática, ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera”. Así se nos presentó al COVID-19: en apariencia ciego ante cultura, régimen económico, nacionalidad, religión, orientación sexual o poder adquisitivo, que parece sólo discriminar por edad e historial clínico. Puede ser democrático, sí, pero tal como la muerte, no es justo. 

Esta pandemia, retratada como global e igualadora, no hace más que dejar al descubierto e incluso acentuar brechas estructurales e históricas. El acceso a la salud y a la educación, las condiciones habitacionales, la precarización laboral, la (no) distribución de las tareas domésticas y de cuidado, el analfabetismo tradicional y digital, entre otras. Entre tantas otras.  

¿Qué hacemos los que no tenemos computadora?

En 2019 tan sólo el 60,9% de los hogares argentinos tenía acceso a una computadora y el 82,9% a internet. En la Provincia de Buenos Aires, que concentra el 60% de la pobreza del país, las desigualdades alcanzan extremos difíciles de imaginar. 
Sin embargo, sería falaz tratar de entender la brecha digital basándonos solamente en las cifras de acceso, que si bien aún son altamente inequitativas, se han ido saldando en los últimos años. 

Hoy la brecha no debe medirse en materialidades sino en la calidad de su uso. Suponiendo que se dispone de una computadora con conexión a internet, la cuestión va más allá: ¿Soy capaz de realizar acciones complejas? ¿Tengo tiempo? ¿Alguien de mi entorno tiene formación o puede ayudarme? ¿En mi comunidad se utilizan estas tecnologías? ¿Mi acceso es amplio o limitado? ¿Puedo configurar mi cuenta de homebanking y sacar un turno en el banco?

En estos últimos meses nuestras formas de vida han sufrido cambios vertiginosos, empujadas por la amenaza de la pandemia. Zoom, cumpleaños virtuales, homeoffice, digitalización de las compras, programas educativos por televisión. No quedan dudas de que el mundo, por lo menos el nuestro, chiquito y privado, cambió y tuvimos que adaptarnos. ¿Quién pudo realmente hacerlo? ¿Quién cuenta con las herramientas materiales y formativas para no quedarse atrás? ¿Quién se queda en la vereda? 

Hoy más que nunca, en un contexto de profundización de las desigualdades, las políticas públicas, los programas y hasta las acciones más pequeñas como el sacar turno para asistir al banco, deben tener especial cuidado en no dejar a nadie afuera. Para eso no hay más que basarse en datos que están al alcance de todos. Si casi el 40% de los hogares no cuenta con acceso a una computadora, un banco estatal no puede proveer los “Turnos Web” como único canal. 

En un estado extraordinario en el que se generan soluciones de emergencia, hay que tener cuidado en no utilizar la excepcionalidad como excusa para dejar atrás a nadie. Por el contrario, las herramientas que se diseñen pueden aprovechar la vertiginosidad de los cambios como una oportunidad de lograr avances impensados en desigualdades enquistadas. 

Es que mi papá no sabe leer ni escribir y yo quiero poder cobrar por él para que no tenga que ir al cajero porque viste que está el virus, que dicen que no tienen que salir los viejos y él tiene más de setenta. 

La siguiente escena que me tocó presenciar en el Banco Provincia esa mañana fue muy diferente a la de la vereda. En el primer piso, en el área de Tarjetas, el oficial ocupó más de media hora para explicarle a padre e hija cómo tenían que configurar su tarjeta para poder cobrar. Al verlo hacer dibujos y flechas simulando la pantalla del cajero en la parte posterior de dos hojas de formularios y repetir con paciencia todo el proceso, recuperé mi esperanza en la humanidad. 

Más allá de la buena predisposición y vocación de servicio del oficial, volvemos al punto anterior: el diseño de las herramientas no puede abstraerse de la realidad. En este caso, no puede obviar que en Argentina 2 de cada 100 personas mayores de 10 años no saben leer ni escribir. ¿Cómo saldamos estas desigualdades?

¿Cómo evitamos que se perpetúen?

De esta salimos todos juntos. Al final, lo que nos salva no es la materialidad sino lo humano. Quién inventa y configura las herramientas, quién las distribuye, quién las piensa. Ante una pandemia democrática e injusta debemos globalizar las oportunidades y los accesos. Frente a una situación que acentúa las brechas debemos tender puentes o, por lo menos, reclamar su construcción a quien corresponda y bregar por aquellos que no los pueden cruzar, los que no tienen turno y se quedan en la vereda.

(*) Licenciada en comunicación social. IG @julimoron

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