sábado 19 de septiembre de 2020 - Edición Nº914
Editor Platense » La Región » 11 abr 2020

Carta de una platense que quiere volver de Nueva Zelanda, el País ejemplo en la lucha contra la peste

Rocío Hernández tiene 30 años y se crío y creció en Los Hornos junto a su familia. Fue al colegio San Benjamín donde hizo todo el secundario. Está en Nueva Zelanda desde hace un año y medio y ahora cumple cuarentena. Tiene planeado volver a La Plata el 1º de mayo próximo. Su corazón habló y, según dijo, quiere el regreso. Esta es la carta que envió a El Editor Platense:


Me siento parte de la familia de las aves; cuando cambias de hemisferio, de país, de cultura, de sociedad, conoces otras especies, que pasan -fugaces- por la calma o la tormenta siendo un tránsito momentáneo en donde las nubes no funcionan como resguardo. Y el tiempo no se puede parar, por más que existan noches que tratemos. 

Apliqué mi Working Holiday Visa con intriga, con miedos pero con la seguridad de no querer volver atrás. Fue una previa en la que estaba agazapada cual felino para saltar. Fue cambiar mi realidad rotundamente. Me vi danzando al vacío, lloré mucho, no sabía si era felicidad por lo que venía o angustia de decir adiós.

Volver a cero. Resetear tu vida. Hacer cosas que nunca imaginaste que ibas a hacer, el ir descubriendo todo lo nuevo que ( x momentos ) te vislumbra y sentís una felicidad inexplicable y por un instante , sólo uno, te preguntas , hice bien en saltar?

Cuando ves que ya no hay cuenta atrás, te das por enterada que creciste y que tus días tienen otros sabores, colores, olores, texturas y sonidos. Todo cambia. Los vínculos son distintos. La confianza que tuve al hacer ese salto al abismo me permiten estar viviendo hoy una realidad que amo.

Estoy en Nueva Zelanda (Queenstown) hace un año y medio, y ya tenía programado mi regreso a Argentina para ahora,  el 1 de mayo, pero  los vuelos a mi destino se cerraron, y hasta el día de hoy no sé cuánto tiempo más estaré viviendo acá, y lo digo sólo con la pena de extrañar a mi familia, porque este país siempre me encantará y no me iría, pero dejé que mi corazón hablará y él me quiere de vuelta.  En este lugar trabajé muy duro y me reí muchísimo. Nueva Zelanda es un país  tan chico como inmenso por su abundancia. No consigo impresionarme tanto como la primera sensación que tuve al ver el amor y respeto por la naturaleza, lo que también se replica en el trato que coexiste entre las personas, y en eso el rol del Estado es clave, por eso no es de extrañar las trascendentes medidas que se tomaron para aliviar el impacto negativo de la pandemia en la salud y en la economía del país,  gracias a que el Estado esta subvencionando  el salario de la mayoría de los  trabajadores mientras dure la crisis, me siento más  tranquila y segura llevando la cuarentena de un mes  sin mayores excusas para moverme de  casa. En  todo el mundo destacan la forma como los “kiwis” ha enfrentado esta pandemia, decididos a eliminar el virus del territorio los más rápido posible. 

 A todos nos cuesta la cuarentena, todos estamos en una misma línea, parados en el mismo lugar; con vértigo, con incertidumbre, con miedos y fantasmas, la soledad rondando los rincones materiales y emocionales a los que recurrimos incansables  por estos días, días de extrañar más, de necesitar los abrazos que ahora no se pueden dar, la distancia de dos metros con las personas nos parece un mundo, y quizás eso es lo más importante que deberíamos tener en cuenta cuando la emergencia sanitaria acabe, apreciar esos momentos que nos sentimos solos y vulnerables, para hacer de ellos una materia esencial  en nuestra educación sentimental.

Cuántas veces se nos ha pasado por la cabeza el hastío que nos convocan los seres humanos, cuántas veces no hemos querido quedarnos solos en el mundo porque los otros nos molestan, nos ocupan los espacios, cuántas veces hemos querido desaparecer para los otros. Más allá de cómo salgamos de está, más allá si las lógicas del modelo económico debiesen cambiar, más allá de las correcciones políticas, de paradigmas que antes no pensábamos si quiera tocar, más allá de todo eso, tenemos que entender que estos son tiempos que también valen para explorar lo intangible, nuestros afectos y sentimientos como los reales motores de la vida. Es una gran oportunidad-créanme-para someternos al camino de la meditación, si dejamos los teléfonos un momento, si abrimos las cortinas de casa no para buscar un paisaje que a esta altura del encierro harta, sino para ver dónde vamos, cómo vamos, con quienes vamos a lo que nos queda de vida, y que extrañamos, que extrañamos de nosotros mismos.  

No tengo claro cuál será el día de regreso a mi casa en La Plata, no sé qué luna me tocará la primera noche en casa de Mamá, por ahora en mi cuarentena  pienso, crezco,  extraño, vivo, escribo en mis paredes imaginarias, que son sólo eso, imaginarias. 

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