domingo 19 de enero de 2020 - Edición Nº670
Editor Platense » Policiales » 1 oct 2019

Entrevista

El infierno en primera persona: pasó casi cuatro años preso siendo inocente

Federico Lisi fue acusado de un crimen en Los Hornos en 2015 y lo obligaron a autoincriminarse, bajo amenazas y presiones. Lo absolvió un juicio por jurados tras 1375 días en prisión


Por:
Nicolás Fábrega

¿Hay peor pesadilla que terminar preso, acusado de un horrendo crimen, siendo inocente? ¿Pasar casi cuatro años encerrado en una de las prisiones más peligrosas de la Provincia, junto a internos condenados por homicidios, violaciones y otros vejámenes?

Eso fue lo que le ocurrió a Federico Lisi, un joven de 25 años que vivió siempre en Altos de San Lorenzo, y a quien agentes de la comisaría Tercera, junto a un cúmulo de detectives de la DDI, apretaron para que confesara un asesinato que no cometió. Presionado, hostigado y amenazado, terminó por hacerlo, sin ser consciente de que de esa manera se cavaba su propia tumba. Tras su autoincriminación, pasó 1375 días detrás de los barrotes, hasta que recuperó la libertad el 20 del presente, tras un juicio por jurados de cuatro jornadas y en el que desfilaron 20 de los 32 testigos citados, llevado a cabo por el TOC II de La Plata. Luego del mismo, se determinó su “no culpabilidad” y su inmediata liberación.

Uno de los abogados de Federico Lisi, Gonzalo Alba, durante el juicio

En diálogo con El Editor Platense, Federico contó su traumática experiencia y brindó detalles de su larga estadía en la cárcel. “Todos los días, todo el día, pensaba por qué me pasaba esto, por qué a mí; sentía una impotencia enorme y quería irme a casa. No quiero volver nunca más, fue una pesadilla”.

La mayor parte de los tres años y nueve meses que estuvo privado de su libertad lo hizo en la Unidad Penitenciaria número 1 de Lisandro Olmos, donde primero compartió el pabellón con 17 reclusos y después otro con siete.  “Hay que saber vivir ahí adentro. A mí me alojaron con la población común. Cuando ingresé no sabía dónde estaba, escuchaba muchos ruidos, por todos lados, y me preguntaba ‘dónde estoy’. Tuve muchas discusiones y roces, y en algunos lugares me quisieron sacar mis cosas, pero nunca pasó a mayores”.  Admitió que “al principio me costaba dormir, porque tenés miedo a que te pase algo, pero ya después te acostumbrás”.

Un crimen impune

Miguel Ángel Quesada (62) fue asesinado entre las 19.30 del martes 15 de diciembre de 2015 y las 7.30 del día siguiente de unas 40 puñaladas dentro de su casa de 138 entre 60 y 61, en lo que al principio se creyó que pudo haber sido en el marco de un robo. La desgracia de Federico fue ser uno de los dos ayudantes del hombre en las labores de electricidad que llevaban a cabo en diferentes domicilios. “Me lo habían presentado y hacía un año que trabajaba con él”, contó el joven, quien se presentó el miércoles a la noche en la vivienda de su jefe, quien para entonces acumulaba unas 12 horas sin vida. Tocó timbre y se marchó al no ser atendido, acción descripta luego por los vecinos. Regresó el jueves y se encontró con que varios policías entraban y salían de la vivienda de su empleador.

La víctima del homicidio, Miguel Ángel Quesada

“Me llamaron como testigo y fui. No entré a la casa, pero me dijeron lo que había pasado, y también hablé con el hijo de Quesada, que me dijo cómo se encontraba su padre”, recordó, y añadió que lo llevaron hasta la comisaría Tercera, con jurisdicción en la zona. Allí, sin tener prueba alguna en su contra, “me echaron la culpa, me preguntaron qué era del fallecido y comenzaron a maltratarme verbalmente, sin ofrecerme asistencia legal. Estuve dos horas diciendo que no tenía nada que ver pero me amenazaban diciéndome que confesara o me armaban causas peores por las que no iba a salir más de la cárcel. Para salir del momento me autoincriminé, y fue peor. Quería irme a casa rápido porque era el cumpleaños de mi mamá, y pensé que si decía que había sido yo podrían soltarme, pero no salí más”.

Relató que los hostigadores fueron “cinco policías”, entre detectives de la DDI y numerarios de la seccional Tercera, comandada en ese entonces por Sebastián Cuenca. Cuenca, poco después, fue exonerado de la fuerza y condenado por formar parte de una banda de policías que pedían coimas a los comerciantes a cambio de seguridad.

Ya con la prueba que necesitaban los agentes –la forzada “confesión”- Lisi fue encerrado y peregrinó por diferentes lugares: pasó Navidad en la comisaría Decimocuarta de Melchor Romero, Año Nuevo en la Alcaidía Segunda de La Plata y el 27 de enero de 2016 ya estaba en Olmos, donde se quedaría hasta el 20 de septiembre de 2019.

Trabajos no remunerados

“Con él preso, los detectives cerraban el caso del año. No se les paga más por investigar”, dijo Gonzalo Alba, el abogado que junto a sus pares Lautaro Iroz y Mauro García Strigl tomaron el caso a principios de 2016.

Para pasar sus días, Federico escuchó el consejo de su padre y pidió trabajar. Estuvo al principio en el taller de desarmes tecnológicos, de 8 a 16, y después se encargó de la basura, aunque nunca le dieron el 15% que le habían ofrecido. “Ni siquiera una tarjeta”, se resignó. Cumplido su horario laboral, volvía al pabellón, donde “se puede tomar mate, escuchar música, estudiar. Tenía compañeros que iban a la facultad y otros que hacían la primaria o secundaria”. Contó que dejó “amigos que iría a visitar”, aunque no sabe si llegado el momento pueda animarse a entrar nuevamente al penal. Como él, “hay presos que son inocentes pero no pueden demostrarlo” y confesó que “las requisas eran violentas, nos rompían el televisor y daban vuelta todo”.

Sus padres, hermanos, mujer e hijo iban a visitarlo, encuentros sin duda “importantes” para él. Francisco, su progenitor, dijo que “cuando íbamos tratábamos de evitar hablar del caso porque sabía que se estaba comiendo todo esto sin comerla ni beberla. Buscábamos otros temas”.

La propuesta de un arreglo

En los 1375 días que pasó encerrado, la investigación concluyó y nunca se encontró otra prueba más allá de la autoincriminación pero, pese a eso, el entonces juez de Garantías de La Plata, César Melazo, avaló el accionar judicial y lo mantuvo en Olmos. No está de más aclarar que quien está detenido hoy en el penal de Ezeiza es justamente Melazo, acusado de liderar una banda de policías y ladrones que cometían entraderas.

El penal de Olmos donde estuvo preso

“Estuvo tres años y nueve meses preso siendo inocente, lo cual es totalmente inconstitucional, pero como lo acusaban de un delito grave, y estaba imputado, no lo liberaban”, relató Alba, y agregó: “No había evidencias de él en el hecho; en la casa (de Quesada) había huellas porque trabajaban juntos, pero no había ADN en los cuchillos (empleados durante el crimen) ni nada que lo relacionara con el homicidio. Se relacionaba con la víctima pero no con el homicidio, y no es lo mismo”. Y se quejó de que “los fiscales no miran las causas”.

Strigl sentenció que “con la declaración no se puede condenar, pero sirve para elevar la causa a juicio; es un indicio”, y señaló que “nos ofrecieron una pena de ocho años y, habiendo cumplido ya cuatro, no le quedaba tanto para salir en libertad. Lo pensamos y hablamos entre nosotros porque, entre costo y beneficio, tal vez convenía, aunque es extorsivo que ofrezcan eso”.

Pero quien no quería saber nada era Federico. “Lo hablamos con él y dijo que era inocente y que vayamos a juicio. No quería ningún arreglo. Pedí una excarcelación para que llegue al debate en libertad, pero lo único que conseguí fue que lo adelanten: iba a ser el 13 de febrero del 2020 y se hizo cinco meses antes”, señaló Alba. Y opinó que “si iba a un juicio tradicional, con jueces técnicos, perdía. Tres jueces hubiesen convalidado el mamarracho que hicieron tanto la Policía como la instrucción”.

Lisi admitió que “no estaba tan convencido que salía. Estaba en un 50%, tenía las de ganar y las de perder” y Strigl aceptó que “no sabíamos cómo iba a calar en la mente del jurado la posibilidad de que una persona, ante presiones psicológicas, pueda autoincriminarse. Por suerte logramos convencerlo y hacerlos ver que no había otros elementos de prueba que lo vinculaban y sí hechos que lo desvinculaban, como que haya tocado el timbre (de la víctima) después de fallecido, o que llegara y preguntara qué pasó. ¿Qué asesino hace eso?”.

Lautaro Iroz expresó, a su vez, que “hubo una cuestión de discriminación, de estereotipo, porque el jueves que se llevó a cabo el despliegue policial estaban presentes Federico y el otro ayudante de Quesada. Si él era sospechoso, también lo tuvo que haber sido el otro chico, que además fue quien vio a la víctima por última vez. Pero sospecharon de Lisi porque decían que tenía pinta de ‘pibe chorro’. Por una cuestión de apariencias, se convirtió en el chivo expiatorio”.  Y, en ese mismo sentido, Strigl dijo: “Al hijo de Quesada no le gustaba su apariencia y se lo dijo a la policía”.

Durante el debate “hubo mucho nervios de los policías al declarar. Yo lo tenía a Fede al lado y me decía quién era el que lo había apretado y quién amenazaba con golpearlo. Y eran justamente los que tenían discursos armados o no se acordaban nada ni colaboraban con las preguntas del fiscal, que además los había llevado como sus testigos”, rememoró Iroz.

Mauro Strigl fue por el mismo carril: “tres policías dijeron las mismas palabras y cuando tres personas dicen lo mismo es porque algo raro hay, es una enorme casualidad”.

Fue importante lo vertido por un hombre que estaba casualmente en la comisaría para realizar una denuncia mientras Lisi permanecía encerrado en una oficina, ya que fue quien convalidó la autoincriminación. “Se le dio validez al procedimiento porque un testigo de actuación escuchó la confesión, aunque la misma no fue ante la fiscal”, puntualizó Strigl, mientras que Iroz detalló que “la prueba válida, entre comillas, era la de este civil, a quien llamaron para darle legalidad al acto” Por su parte, Alba manifestó: “Acosta, de la DDI, afirmó en el juicio que cuando Fede empezó a ponerse nervioso, y previendo que podía inculparse, frenaron todo, llamaron al fiscal y le leyeron los derechos, pero el testigo dijo que no vio nada de todo eso. La versión de la policía no tuvo nada que ver con la de esta persona, y eso el jurado lo vio”.

Yendo aún más allá, Iroz reseñó que “en el debate no se demostró la culpabilidad, no hubo ninguna prueba que lo incrimine de forma directa. Sí hubo muchos indicios que le quitaban credibilidad al testimonio de los policías y le daban mayor veracidad al de Federico”.

El perfil de la víctima

A casi cuatro años del asesinato, no hay personas detenidas pero, peor aún, ni siquiera hay sospechosos. Quesada solía invitar a su hogar a varias personas, de acuerdo a testigos, vecinos y de acuerdo, también, a la pesquisa implementada.

“Muchos dijeron que entraba y salía de la casa con jóvenes, los fines de semana, de noche… Se llegó a hablar de una cuestión de pedofilia, ya que en un cajón de su vivienda se  encontraron fotos de menores”, sentenció Iroz, y Alba lo secundó: “El propio hijo declaró en el juicio que en el celular del padre había fotos de chicos, y la novia del hijo afirmó lo mismo, que estaba con jóvenes. Todo eso ayudó a armar una historia morbosa, pero no sabemos qué pasaba puertas adentro”. Lo que sí se sabe es que se encontraron dos muestras de ADN en la escena del crimen, que no pudieron ser cotejadas al no haber nadie con quién hacerlo.

La libertad

“Cuando escuché que me declaraban ‘no culpable’ lloré y abracé a Gonzalo”, contó Lisi, y Mauro agregó: “No caímos”. Sin embargo, aún debía esperar algunas horas más para poder volver a casa, con los suyos. “Tuve que regresar al penal a retirar mis cosas, pero no me dejaron sacar nada”. Sin embargo, no entró al pabellón: “Ya había sido declarado inocente y, si le llega a pasar algo, es un problema. Ante eso, lo dejan en otro lado, separado del resto”, informó Strigl.  

Una situación insólita se vivió con el padre del joven, una vez absuelto su hijo, ya que fue a Olmos a averiguar el horario en que lo soltaban pero se llevó una respuesta impensada: “Me dijeron que debía esperar porque tenían que chequear si tenía pedido de captura. ¿Cómo va a tenerlo si estuvo preso todo este tiempo?”.

La casa donde se cometió el crimen

Lo cierto es lo liberaron después de medianoche, “horas que pasó de más de manera innecesaria. Tuvieron que soltarlo en la sala”, manifestó Alba, y Federico lo avaló: “Llegué a las 19 al penal y me tuvieron hasta la 1, sin que siquiera me den de comer. Había desayunado a las 4, cuando me sacaron del pabellón”.

Tras abandonar los muros  y reencontrarse con la civilización, empezó a recuperar tiempo con la “abuela, tíos, primos, mi mujer y mi hijo de cuatro años”.

Peligros de los que nadie se hace cargo

Durante las cuatro jornadas del juicio, a Lisi lo despertaban a las 3 de la madrugada y le abrían las puertas del pabellón a las 4, pero recién a las 9 llegaba a la Alcaidía donde se desarrollaba el debate. “En el medio van levantando a otros presos y ubicándolos en el camión de traslados. Puede pasar cualquier cosa ahí, eso es tierra de nadie y es muy inseguro, porque el interno conflictivo se junta con el tranquilo”, analizó Alba.

Por último, los letrados están analizando la posibilidad de hacerle un juicio al Estado. “Vamos a actuar contra ellos, pero estamos evaluando el argumento ya que no es fácil hacerlo en casos de estas características. La situación lo amerita aunque hay que analizarlo en profundidad”, dijo Alba, y Strigl comentó: “Él no estuvo condenado -en ese caso sí hay una ley específica que contempla la indemnización- sino que estuvo con una medida cautelar, y como esta no exige un grado de certeza absoluto el Estado se defiende diciendo que no podían saber si era culpable o inocente”.

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