lunes 14 de octubre de 2019 - Edición Nº573
Editor Platense » Policiales » 30 ago 2019

Exclusivo, parte 1

La pesadilla desconocida de la sargento acribillada en El Mondongo: estuvo 15 días en un calabozo por una resonante causa

Hace cuatro años pasó dos semanas presa en una comisaría platense, acusada de participar de la muerte de un detenido dentro de un patrullero


Por:
Nicolás Fábrega

Laura Gutiérrez, la sargento acribillada el pasado sábado por su expareja dentro de su departamento del barrio El Mondongo, había sido uno de los ocho aprehendidos que tuvo una resonante causa platense en 2015: la dudosa muerte del delincuente Juan Martín Yalet dentro de un móvil del Comando de Patrullas La Plata, tras una fallida entradera.

En ese entonces su cargo dentro de la fuerza era el de oficial, y acudió junto a un compañero a la escena donde se había producido el robo, una casa de 2 entre 66 y 67. Para cuando arribó, el sospechoso ya había sido reducido pero, aun en el interior de la vivienda, se produjeron las primeras irregularidades que marcarían, indirectamente y sin que ella tuviera nada que ver, parte de su vida.

“Un agente comenzó a requisar al imputado por el ilícito dentro del domicilio, pero no terminó de cumplir con su función porque lo obligaron a llevarlo a la calle, donde le sacarían una foto para hacer circular a los medios de prensa y después lo subirían al patrullero”, le contó a El Editor Platense un funcionario.

La aprehensión de Yalet

Y eso fue lo que ocurrió: a Yalet lo fotografiaron y, ya esposado, lo ubicaron en la parte trasera de un auto policial, que como siguiente paso lo trasladaría hasta la comisaría Novena, con jurisdicción en la zona. “El problema fue que nunca se lo revisó por completo”, se lamentó la fuente consultada.

Y el lamento tiene que ver con que el ladrón escondía entre sus ropas una pistola nueve milímetros, sin que nadie se hubiera percatado de ella. Lo dejaron solo en el coche y los uniformados continuaron unos minutos más con sus trabajos de rutina. Culminados los mismos, el teniente Cristian Caffa y la sargento Mónica Arias, se subieron al vehículo y aceleraron rumbo a la dependencia de 5 y 59, sin notar nada extraño. O sí. Olor.

“Refirieron que había en el interior un olor a quemado, similar a la pólvora”, añadió el vocero ante este medio. Pero no le dieron importancia y siguieron la marcha. Poco después, al llegar a calle 1, observaron que el aprehendido tenía la cabeza gacha y no respondía. Frenaron el rodado, se apearon y abrieron la puerta de atrás, donde viajaba el hombre de 35 años. “Ni bien lo hicieron, se cayó el arma y descubrieron lo que había pasado”, dijo el entrevistado. Lo que había pasado era que Yalet tenía un disparo en la cabeza. Agonizando, todavía respiraba.

En vez de resguardar la escena, los uniformados manipularon el cuerpo e intentaron reanimar al herido, sin suerte. Sin perder más tiempo lo trasladaron hasta el Policlínico San Martín, donde falleció poco después.

Dudas derivadas en arrestos

De inmediato, se sospechó con la posibilidad de que el hecho estuviera enmarcado en un caso de gatillo fácil: nadie podía creer –ningún funcionario judicial podía hacerlo- en la versión brindada por los efectivos involucrados, que indicaba que el aprehendido se había descerrajado un tiro en el cráneo dentro del móvil, y con las manos esposadas hacia atrás.

Juan Martín Yalet

“En primer medida, no creían que tras haber sido requisado tuviera oculta una pistola, pero el inconveniente reside en que fue mal requisado. O, mejor dicho, requisado de forma incompleta. Así, a quien se encargó de esa tarea se le pasó el arma, porque aún no había culminado”, explicó el vocero, quien aseguró que la otra alternativa dudosa –autodispararse en la cabeza con las manos sobre la espalda y sujetas a una esposas- fue comprobada luego de manera científica. “Puede hacerse, y lo confirmó también la postura que adquirió el cuerpo tras el impacto”.  

Betina Lacky, titular de la UFI número 2 donde recayó el caso, lideró una extensa investigación, en la que desconfió de la versión policial desde el primer minuto. Para ella, el malhechor había sido asesinado, pese a la declaración de la víctima de la entradera, quien reveló que una vez que Yalet fue cercado por los miembros de la fuerza, le dijo: “Antes de volver a prisión, me mato”.

También le hacía ruido a la doctora la historia de que el suicidio se haya efectuado en momentos en que nadie estaba en el auto, y que –sobre todo- nadie haya escuchado la detonación. Alguien mencionó que el paso de un camión o de un vehículo de gran porte justo en el momento de la estampida imposibilitó poder oír algo.

Pericias posteriores revelaron que el sonido quedó amortiguado en el interior del coche, que estaba completamente cerrado y que nada podía percibirse desde el exterior.

El episodio, materializado el 26 de agosto de 2015, tuvo un movimiento judicial importante el primero de septiembre, cuando por disposición de Lacky se arrestó a los ocho policías que intervinieron en la denuncia, todos integrantes del Comando de Patrullas La Plata. Además de Caffa y Arias cayeron Walter Rodríguez Muller (subteniente), Daniela Aprea (subteniente), Michael López González (oficial), Luciano Díaz (subteniente), Patricia Paris (teniente) y Laura Gutiérrez, entonces oficial y quien se encontraba cumpliendo funciones sobre una esquina, en uno de los móviles que se había hecho presente.

“Nunca se acercó al patrullero donde se produjo el disparo ni tampoco a la finca del robo”, reveló una segunda fuente consultada, “pero se la detuvo junto al resto” bajo la carátula de “homicidio triplemente agravado por alevosía, abuso de funciones y por haber sido cometido mediante el empleo de arma de fuego, en concurso real con la falsificación material e ideológica de instrumento público”. Esto último porque, para Lacky, se había también fraguado el acta de procedimiento.

Los hombres fueron alojados en la comisaría Octava y las femeninas en la Undécima, ya que no había cupos en la de la Mujer.

Miedo y pérdida de peso

Gutiérrez compartió la celda junto a sus compañeras todo el tiempo, hasta que fueron dejadas en libertad el 16, una vez que la Cámara Penal determinó que no participaron del hecho. La decisión fue adoptada por la Sala II, integrada por los jueces Ricardo Szelagowski y Sergio Almeida, tras un hábeas corpus presentado por la defensa de todos los imputados.

Durante ese tiempo, tanto Laura (como el resto de las agentes), “llegó a perder peso. Adelgazó y tenía miedo de lo que podía llegar a pasar. Insistía en que no tenían nada que ver, pero temían llegar presas al juicio oral. Estaban anímicamente mal y decían constantemente que estaban presas gratis”. Salvo Gutiérrez, todas allí eran madres o abuelas, que no veían a los suyos y “lloraban mucho”. Inclusive, entre los hombres y las mujeres detenidas había dos matrimonios conformados, cuyos pequeños hijos debieron ser cuidados por otros familiares al estar ellos tras las rejas.

En este móvil murió Yalet

Todas estuvieron en el calabozo de la dependencia de 14 y 530, donde iban al baño, se duchaban, dormían en camastros, comían y recibían a sus familiares, quienes les llevaban los alimentos ingeridos. No podían salir al patio y, al estar siempre juntas, no tenían intimidad siquiera durante las visitas.

Una vez que obtuvieron la libertad, estuvieron un tiempo con disponibilidad preventiva, sin trabajar. Luego volvieron a sus funciones, aunque se les prohibió patrullar por la jurisdicción de la comisaría Novena, donde se produjo el caso que cambió sus vidas.   

Casi cuatro años después, Laura Gutiérrez pasó por un nuevo infierno, pero de este no pudo salir.

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